Hay un tipo de merchandising que debería estar prohibido…
Sí, lo digo así de claro.
Y no, no es por el producto en sí. Es por lo que pasa después.
Hace poco me contactó una empresa y me contó su caso, bastante típico por cierto (de esos que, si llevas tiempo en esto, sabes que se repiten más de lo que deberían).
Una empresa había invertido un buen presupuesto en regalos para clientes.
Todo correcto sobre el papel: catálogo bonito, proveedor rápido, entrega a tiempo.
El problema vino después.
Los regalos llegaron… y pasaron tres cosas muy habituales:
👉 Algunos se quedaron en una caja sin abrir
👉 Otros se guardaron “por si acaso”
👉 Y bastantes acabaron directamente en la basura del despacho
Y aquí viene lo duro: no fue por falta de calidad.
Fue por falta de sentido.
Porque cuando eliges merchandising solo para “cumplir” o para “quedar bien”, sin pensar en la persona que lo recibe, pasa esto. Siempre.
El objeto no conecta. No se usa. No representa nada.
Y entonces deja de ser marketing… para convertirse en ruido.
Y ojo, esto no va de gastar más dinero.
Va de pensar mejor.
👉 ¿Lo usaría alguien de verdad en su día a día?
👉 ¿Aporta valor o solo ocupa espacio?
👉 ¿Refuerza la marca o la diluye?
Porque al final, el merchandising no es un regalo.
Es una conversación silenciosa con tu cliente.
Y la pregunta es: ¿qué está diciendo el tuyo cuando tú no estás delante?
Te leo en comentarios, porque aquí hay debate bueno 👇
———————————————————-
Y tú, ¿a qué esperas para diferenciarte?