Perdimos un cliente. Y no fue culpa nuestra (aunque sí teníamos responsabilidad en ello).
A todos nos ha pasado: tienes un cliente fiel, todo marcha bien, el pedido se repite año tras año… y de repente, ¡boom! Lo pierdes. Y lo peor de todo es que ni siquiera fue por algo que hiciste mal tú directamente.
Os cuento. Este cliente nos pedía cada año cestas de Navidad. Todo bien, excepto por un pequeño gran detalle: quería que cada caja tuviera claro a quién iba dirigida. Algo lógico, ¿no? Pues bien, el primer año… fallo. Nos llamó, nos lo explicó y dijimos la típica frase: “Tranquilo, el próximo año lo haremos mejor”.
Llegó el siguiente año. Lo tuvimos más presente que el cumpleaños de tu pareja (o más te vale). Lo repetimos hasta la saciedad, se lo dijimos a la empresa que nos hacía el empaquetado y envío, lo dejamos por escrito, en mayúsculas y con luces de neón (vale, esto último no, pero casi).
¿Y qué pasó? Exacto. NO se hizo bien.
El tercer año nos volvió a hacer el pedido, lo cual significa que todavía confiaba en nosotros. “Esta vez sí”, pensamos. Esta vez pusimos tanta atención en el detalle que podríamos haberlo grabado en piedra.
¿Y qué ocurrió? Oooooootra vez fallamos.
Hablamos con la empresa encargada del empaquetado y envío. Nos explicaron, nos pusieron excusas, nos prometieron que lo corregirían… y al final, el resultado fue el mismo.
Cuando un cliente te dice que algo es importante, es porque realmente lo es. Y si un proveedor no está a la altura, lo mejor es buscar otro ANTES de que te cueste un cliente.
Porque el merchandising personalizado es eso: personalización. Es el detalle que marca la diferencia. Y si fallamos en lo básico, ¿cómo vamos a construir confianza?
Este cliente nos dejó, con razón. Pero seguimos haciendo su merchandising, en eso no fallamos.
📌 Ahora os pregunto: ¿alguna vez habéis perdido un cliente por un fallo ajeno? Contadme en los comentarios.